Me dijo que me fuera con él a hacer montañismo. Él. Con sus ojos marrones y su pelo largo detrás de la oreja. Con su acento vasco, su bata blanca y su sonrisa de medio lado.

Yo, con mis veintipocos y mi imaginación, nos ví en un hotel romántico en mitad de la sierra de Gredos, una chimenea, una manta y una copa de vino en la mano. El fuego reflejado en sus pupilas y el sonido sordo de la nieve en las ventanas.

Accedí, por supuesto. Y allí que fui con mi trolley, mis botas de montaña y ese nudito en la garganta cada vez que le veía, que me hacía parecer medio tonta y maldecirme por no mostrarme tal cual era.

Lo bueno fue que él sí se mostró…

Y se puso los auriculares nada más montarse en el autobús porque no tenía intención de hablar conmigo y de conocerme un poco más.

Y no me ayudó a bajar mi maleta que quedó encasquillada en un recoveco de la bodega del autobús. Cuando tiré tanto de ella que arranqué el asa y perdí el equilibrio contra su espalda puso una mueca de fastidio.

Tampoco fue amable con la camarera del restaurante en el que cenamos cuando preguntó si la carne estaba buena y él respondió sacando pegas. Y eso que cuando se terminó el plato empezó a comer del mío sin preguntar…

Y lo mejor de todo… con la boca abierta.

Y cuando a la mañana siguiente subimos la montaña y yo le pedí bajar un poco la velocidad, que ya me habían dado literalmente VEINTIDOS arritmias porque no me daban las piernas ni el bombeo del corazón, me dijo que yo fuera a mi ritmo y él iría al suyo.

Y me dejó con mis cuarenta y ocho kilos en medio de la nada, que ya me podría haber despeñado ladera abajo, haber sido mordida por una cabra montesa rabiosa o abducida por un ovni. Nadie se hubiera enterado.

Una subida de 1700 metros sola. Maldiciendo mi inocencia y el momento en el que le dije “sí”, con un diálogo interno que mi  madre me hubiera regañado. Intentando no perder el rumbo para no acabar siendo pasto de los lobos al final del día.

Al bajar yo parecía Heidi dando trompicones, pero agradecida con el mundo porque se acabara el suplicio, con la suela de mis botas destrozada e intentando disimular que estaba pisando con la suela del pie desde hacía un rato.

A la vuelta a Madrid lanzó furioso mi maleta dentro del autobús porque estaba cansado y quería sentarse.

Y yo mirando por la ventana en el viaje camino a casa riéndome de mi fin de semana sin chimenea, manta, ni fuego (en ningún sentido).

Adiós, le dije casi sin mirarle. Esto no va funcionar. Y me bajé en mi estación.

Cuando al día siguiente despierto con un fuerte dolor en la tripa y voy a urgencias, me preguntan si he hecho esfuerzos o he tenido algún disgusto. Y yo con la mirada perdida, la cabeza ladeada y la barbilla apoyada en la mano me pregunto cómo explicarlo. Así que simplemente digo “psss, puede ser…”.

Sin hacerme esperar, me derivan a otra consulta y cuando abro la puerta le veo sentado con su bata blanca.

Trago saliva y pienso “joder tía, un día vas a escribir un libro con tu vida”.

Aayy, cuánto me enseñaste de las falsas apariencias, querido…